sábado, 28 de septiembre de 2013

Mini fan fic de "Canción de Hielo y Fuego"

Tras publicar mi quinto fan fic basado en un personaje de Canción de Hielo y Fuego, aseguré que ya no iba a escribir nada más. Dos sobre Meñique, otro sobre Lyanna, Rhaegar y la Guerra del Usurpador, uno sobre los Lannister y el último sobre Jorah Mormont me dije que hasta aquí. Y no porque no me guste escribirlos, sino porque ya no hay ningún personaje más cuya historia me interese. Elora y Kahlan89 empezaron a picarme con Oberyn Martell, alguien que saldrá en la cuarta temporada de la serie y que es un personaje bastante interesante. Indagué en su pasado y me gustó, pero su historia es un tanto irregular y está un tanto desvinculada de la de las cosas de Poniente hasta que se produce el momentazo que todos los seguidores de las novelas esperamos ver bien plasmado en la pequeña pantalla. Aun así, me apetecía hacer una pequeña incursión en su pasado y el resultado es el mini fan fic que aquí les presento. Espero que les guste.


UNA VÍBORA ENTRE LEONES
            Nunca antes habían salido de Dorne. El viaje hasta allí había sido largo, pero los dos adolescentes estaban tan excitados por la novedad que no notaban el cansancio. Sus padres no estaban muy convencidos de llevarlos tan lejos, mas la insistencia de los dos hermanos y, sobre todo, el deseo de ambos de ver Roca Casterly, pudieron más que la voluntad de los mayores.
            Conforme se acercaban a la ciudad el clima era más fresco. En Dorne no existía el invierno y durante el verano el calor llegaba a ser asfixiante. Por esa razón tuvieron que hacerse con un vestuario totalmente nuevo, al no poseer prendas de abrigo. Oberyn, que contaba con dieciséis años, no paraba de pasarse las manos por el cuello del jubón que llevaba puesto. «¡Esto es un asco, no puedo respirar!» Su madre, Loreza, le acarició el pelo negro como el carbón. «Querido, te aseguro que me lo agradecerás cuando lleguemos a Roca Casterly. Allí hace más frío y no quiero que te pongas enfermo.» Aún lo trataba como si fuera un niño, y aunque él le hacía ver que ya no lo era, en el fondo le gustaba que su madre lo mimara. Se removió en su asiento. Nunca había sufrido ninguna enfermedad, siempre había sido un niño fuerte y grande y ahora era un adolescente aguerrido. Se consideraba inmortal porque jamás le había pasado nada malo y siempre salía victorioso de todas las peleas en las que se metía. Su hermana Elia, tan morena como él y un año mayor, lo admiraba como a un dios. Se veía a sí mismo como el protector de su familia y su victoria sobre Lord Ormond Yronwood vino a darle un halo de fortaleza más grande todavía. Sonrió al recordar aquel episodio.

            Había ocurrido unos meses antes. Oberyn todavía no había cumplido los dieciséis y ya acumulaba más de un romance en su corta vida. A los trece años dio su primer beso a una sirvienta un poco mayor que él y a los catorce fue desvirgado por la hija de un banderizo de su padre que estaba de visita en Dorne. El coqueteo le encantaba y conocía su poder de seducción. Alto, bronceado y con los ojos negros, su nariz aguileña y el nacimiento del pelo en forma de pico eran su sello personal, el toque que le hacía parecer más adulto y le convertía en alguien irresistible. Y no sólo entre las mujeres. Un paje de los Fowler que le ayudó a vestir una armadura durante un entrenamiento se le insinuó claramente y a él no le desagradó. Tuvieron un breve encuentro en las cuadras. Besarse con otro chico y acariciarse mutuamente le pareció una experiencia tan excitante como hacerlo con una mujer. Para Oberyn el hecho de tocar y disfrutar no dependía del sexo de la otra persona, sino de la atracción que sintiera por ella, por lo que le daba igual que se tratara de un hombre. De todas formas, sus relaciones con muchachos eran con mucho menos numerosas que con mujeres. Precisamente su relación más escandalosa fue con la amante de Lord Ormond Yronwood. El viejo lo había hallado en la cama con ella, en pleno acto sexual, por lo que no tenía salida ni excusa. Se acordó entonces un duelo a primera sangre debido a la juventud y origen de Oberyn. El enfrentamiento fue rápido y ambos salieron heridos, pero mientras el joven se recuperaba, Lord Yronwood fallecía por la infección de sus heridas. Se rumoreó que Oberyn había envenenado el filo de su espada y a partir de ahí empezó a llamársele la Víbora Roja, un apodo que a él le encantaba. Le daba una fama de peligroso y temerario, tal y como él se sentía. “Nunca doblegado, nunca roto”, ése era el lema de su familia y así era Oberyn.
            Elia le apretó el brazo cuando divisaron la fortaleza de los Lannister. Estaba construida sobre una gran montaña, bajo la cual se hallaban las mazmorras, de las que era imposible escapar debido a su trazado laberíntico. Era una construcción impresionante. El carruaje entró en una zona excavada en la roca y unos sirvientes se apresuraron a hacerse cargo de los recién llegados y sus equipajes. Durante el viaje, los Martell habían recibido una triste noticia desde la Roca: Lady Joanna Lannister había fallecido dando a luz un niño. El propósito de la visita era una entrevista entre Lady Martell y la esposa de Lord Tywin para concertar un matrimonio entre sus hijos. Así se lo había dicho su madre a Oberyn antes de partir. «¡Casarnos con los Lannister!», había exclamado él. «No le comentes nada a Elia, por favor. El acuerdo aún no está cerrado y no quiero que se haga ilusiones.» Él lo había prometido, pero no pudo evitar manipular un poco a su hermana para que ésta insistiera en viajar con sus padres hasta convencerlos de ello. La excusa era salir de Dorne y ver Roca Casterly, pero el propósito secreto de Oberyn era comprobar si los gemelos de Lord Tywin eran tan guapos como se decía.
            Un hombre de gesto adusto se aproximó hacia los Martell. Era alto, con un pelo dorado que empezaba a escasear y unos ojos verdes con vetas amarillas. Tenía un aspecto derrotado y las ojeras revelaban la falta de descanso. Sin embargo, el porte era digno y seguro. Lady Loreza y su esposo, Lord Mertyn Martell, hicieron los saludos de rigor y dieron el pésame al hombre. Oberyn dedujo que se trataba de Lord Tywin, el poderoso señor que había hecho de los Lannister la familia más rica y temida de Poniente. Era, además, la Mano del rey Aerys II Targaryen y dirigía los destinos de los Siete Reinos. A Oberyn le impresionó a pesar de la tristeza que emanaba su rostro. Era un hombre de una presencia imponente.
            Lady Loreza se apresuró a llamar a sus hijos para que presentaran sus respetos al anfitrión. Elia hizo una reverencia elegante, mientras que Oberyn se cuadró al estilo militar frente a Lord Tywin. Éste hizo un gesto con la mano para poner fin a tanto protocolo y los invitó a pasar. Ascendieron hasta el castillo por una red de pasillos y cuestas. Llegaron a un jardín que el señor del lugar llamó Jardín de Piedra y entraron en una estancia iluminada y ricamente decorada. Era la Galería Dorada. Roca Casterly era conocida por sus minas de oro y allí quedaba patente. Las lámparas, las patas de los muebles y hasta los marcos de las ventanas eran de oro.
            Mientras caminaban hacia el centro de la sala, dos niños hicieron su aparición por el lado opuesto. Oberyn abrió mucho los ojos para no perder detalle de los gemelos. Cuando se aproximaron al grupo, hicieron una reverencia al mismo tiempo y levantaron la cabeza, mirando hacia él con dos enormes pares de ojos verdes. Al joven Martell le impresionó el parecido. Eran como dos gotas de agua, hacían los mismos gestos y al mismo tiempo, como si fueran reflejos en un espejo. Sólo era capaz de distinguirlos por la ropa, ya que ambos llevaban el pelo largo y suelto. Era dorado, como el del padre, pero con algunas vetas plateadas. Observó a Elia, que estaba sonrojada contemplando niño. No le extrañó. Jaime, el varón, era un chico realmente atractivo. A pesar de ser idéntico a su hermana, no le faltaba masculinidad y a Oberyn le gustó eso. Eran como sacados de un cuento. Lo que había oído sobre ellos, sobre su belleza irreal, era absolutamente verdad.
            La niña, Cersei, tomó la mano de Oberyn, mientras que Jaime hacía lo mismo con Elia. «Dejemos a los adultos con sus cosas. Os voy a enseñar la fortaleza», dijo Cersei, guiñándole un ojo con una picardía impropia de alguien tan pequeño. Jaime imitó el gesto de su hermana con Elia. Oberyn se dio cuenta de que era ella la que llevaba la iniciativa y Jaime se limitaba a seguir las indicaciones de su gemela.
            Recorrieron estancias tan lujosas como la Galería Dorada. Una de las más impresionantes era La Boca del León. El techo era muy alto y de él colgaban decenas de lámparas que en ese momento estaban apagadas. «Cuando se encienden las velas parece que el sol estuviera aquí dentro», comentó Cersei. Elia estaba embobada con todo el esplendor que la rodeaba. Vio cómo Jaime le apretaba la mano. Los gemelos no debían tener ni diez años, pero eran bastante altos y a veces se comportaban como adultos. Oberyn pensó en Lord Tywin y en la seriedad que desprendía, y comprendió que posiblemente no era un padre demasiado cariñoso con sus hijos. Por un momento sintió pena por los dos niños.
            Cersei se acercó a una escultura enorme que presidía la habitación. Representaba la cabeza de un león con la melena alborotada, pintada en oro, y con las fauces abiertas. «Esta escultura da el nombre a la estancia», dijo la niña sentándose en el trono que formaban las mandíbulas del felino. «Cersei, baja de ahí… Si Padre te sorprende sentada en la Boca del León te dará una paliza», advirtió Jaime con voz temblorosa. Oberyn observó la reacción de Cersei: la niña levantó el mentón con orgullo, se aferró aún más al asiento y rió a carcajadas. «Jajaja, me da igual lo que diga Padre. Yo soy la mayor, así que yo soy su heredera.» «¿No sois gemelos? ¿No nacisteis al mismo tiempo?», preguntó Elia, abriendo la boca para hablar por primera vez desde que llegaron. «Sí, lo somos, pero yo salí antes del vientre de mi madre.» Jaime replicó que él estaba a más profundidad, por lo que fue engendrado primero. Los gemelos empezaron a discutir sobre eso hasta que Oberyn intervino. «Pero en este caso no hay ningún tipo de conflicto sobre quién es el heredero», apuntó. «Está claro que es Jaime porque es un varón. El problema sería si ambos lo fueseis, ¿no?» Cersei lo miró con odio. «Estoy más que harta de ser relegada a un segundo plano por ser una hembra, ¡harta! ¿Por qué las mujeres no podemos decidir nada? ¿Por qué somos siempre las débiles?» Las lágrimas empezaban a correr por su mejillas. «¿Por qué tenemos que morir dando a luz?» Jaime soltó la mano de Elia y corrió hacia su hermana. La abrazó con ternura mientras le acariciaba el pelo y le besaba los labios. Oberyn sintió una punzada de culpabilidad por haber hecho llorar a Cersei. La muerte de Lady Joanna era demasiado reciente y era evidente que los niños echaban de menos a su madre. «Yo… Lo siento. No era mi intención ofenderte. Te pido disculpas, Cersei.» Ella se deshizo del abrazo de Jaime y se secó las lágrimas. «Una leona no llora. Nunca. Soy yo quien debe disculparse por este espectáculo.» A Oberyn le sorprendió oír esas palabras en boca de una niña. «Se nota que su padre los tiene bien aleccionados sobre lo que significa ser un Lannister», pensó. Cersei bajó del asiento con ayuda de su hermano, que también tenía lágrimas en los ojos. «Sigamos con la visita», dijo ella como si nada.
           Vieron todas las salas de uso común. «Ahora os vamos a llevar a un lugar muy especial», dijo Cersei. «Aunque ésta no es la sorpresa final, ni mucho menos», añadió soltando una risita. Jaime la miró con extrañeza, como si no supiera a qué se refería. Oberyn se percató de la expresión del niño y le llamó a atención que, por una vez, no actuaran igual. Bajaron por una intrincada red de escaleras que conducía a las entrañas de la montaña. Cersei iba dirigiendo la expedición. «Ahora giremos a la derecha. Si seguimos bajando, llegaríamos a las mazmorras y os aseguro que no es un lugar agradable.» Elia soltó un pequeño gritito y Jaime volvió a cogerle la mano. Avanzaron con sigilo hasta llegar a una puerta con refuerzos de oro. «Ésta es La Sala de los Héroes», anunció Cersei. Eran las criptas de Roca Casterly.
            Jaime abrió la puerta y un chorro de aire frío y húmedo pasó entre ellos. «Tengo miedo», dijo Elia en un susurro. «¿Miedo de los muertos? No pueden hacernos nada», contestaron los gemelos al unísono. Oberyn sentía verdadera curiosidad por ver las tumbas. El lugar era muy amplio y estaba permanentemente iluminado por varias lamparillas. Había esculturas representando a los antepasados de los Lannister. «Éste es Lann el Astuto, fundador de nuestra estirpe», dijo Cersei señalando a la figura de un hombre barbudo que empuñaba una espada. La escultura estaba enmohecida y desgastada por la humedad después de tantos siglos. Jaime fue indicando otros nombres hasta llegar a Lord Tytos, su abuelo. Cersei tomó la palabra. «No fue un verdadero Lannister. Casi arruina el prestigio de nuestra casa. Menos mal que mi padre tomó el mando.» La niña era lista y seguía demostrando que tenía bien aprendida la lección. Se acercaron a la tumba más reciente, la de Lady Joanna. Era la única que tenía flores frescas y una lamparilla para ella sola. Además, no había más tumbas femeninas y eso la hacía aún más excepcional. El retrato de la difunta era espectacular. Se trataba de una mujer joven, con el pelo largo, el talle delgado y los rasgos tan bellos como los de los gemelos. Los dos hermanos se arrodillaron ante ella y musitaron unas palabras. Elia y Oberyn bajaron sus cabezas en señal de duelo. «Ella era una leona de Roca Casterly, por eso merece estar aquí. Mucho más que mi abuelo», dijo Cersei.
            Abandonaron la cripta y llegaron al Jardín de Piedra, donde les esperaba un refrigerio. Mientras comían, Elia y Oberyn estuvieron preguntando a los dos hermanos cosas sobre su familia y su historia, porque notaron que eso les llenaba de orgullo. Los sirvientes iban y venían trayendo y llevando todo tipo de exquisiteces. «Me he dado cuenta de que los criados nos miran a Elia y a mí como a bichos raros», comentó Oberyn. «Oh, debe ser por vuestro aspecto, que es muy exótico. No están acostumbrados a ver gente tan morena de piel y de pelo. Los castigaremos si os han hecho sentir molestos», replicó Cersei. «¡No, por favor, no lo hagáis! A mí no me ha ofendido. Supongo que ocurriría lo mismo si vosotros fuerais a Dorne.» Elia tenía muy buen corazón y nunca diría nada que perjudicara a otra persona. Merecía ser algo más que la esposa de un Lannister. «Merece ser una reina», pensó Oberyn. Pero eso era imposible, claro.
            La conversación derivó hacia algo que interesaba vivamente a Oberyn: la capital. Ir a Desembarco era uno de sus sueños, pero le daba la sensación de que jamás tendría la oportunidad de ir allí. Los gemelos habían vivido unos años en esa ciudad hasta que Lady Joanna se trasladó a Roca Casterly para tener a su hijo menor. En ese momento se percató de que ni Cersei ni Jaime habían hablado de su hermano pequeño. Posiblemente estaban resentidos con él por haber provocado la muerte de su madre. «¿Cómo es la Fortaleza Roja? ¿Habéis visto los cráneos de dragón?» Los hermanos asintieron. «Los más antiguos son enormes, pero los últimos ya no lo son tanto. Aun así dan bastante miedo, porque son seres monstruosos», afirmó Jaime. Cersei rió. «Bah, son sólo huesos viejos y amarillentos. Si queréis ver un monstruo de verdad yo os lo puedo enseñar. Y, además, está vivo.» Jaime la miró con recelo. «¿Hay monstruos aquí, en Roca Casterly?», preguntó Elia. «Hay uno. Se dice que tiene cola, escamas y garras, pero es mentira. Yo lo he visto. Parece indefenso, pero es capaz de matar a pesar de su corta edad. Es odioso. Menos mal que lo tenemos encerrado.» Elia abrió los ojos con curiosidad, mientras que Oberyn observó que Jaime fruncía el ceño. Algo no cuadraba en lo que Cersei decía, mas a él también le picó la curiosidad. «¿Podemos verlo?» «Por supuesto. Era la sorpresa que os tenía reservada para el final.»
            Abandonaron el Jardín de Piedra y entraron en la fortaleza. En esta ocasión pasaron a la zona privada de la construcción, en donde estaban las habitaciones de uso familiar. A Oberyn le extrañó que tuvieran un monstruo allí en vez de en los calabozos, pero se dejó guiar movido por el interés que tenía en ver a ese ser. Los pasillos del ala privada eran tan lujosos como el resto, o incluso más. «Ésta es mi habitación y la del otro lado del pasillo es la de Jaime», indicó Cersei con gesto serio. «Antes dormíamos juntos, pero hace unos años decidieron que ya éramos los suficientemente mayores como para poder dormir solos. Siempre están intentando separarnos y no sé por qué.» Jaime agarró la mano de su hermana y le dio un beso en la boca. Oberyn sintió un escalofrío. Elia y él también se querían mucho y estaban muy unidos, pero lo de los gemelos no era normal. Supuso que el haber compartido el vientre materno unía mucho más, aunque esa manera de besarse se le antojó un tanto insana. No le extrañó que los adultos quisieran separarlos.
            Por fin se pararon frente a una puerta semejante a la de los dormitorios de los hermanos. Elia apretó el brazo de Oberyn y él la tranquilizó con una sonrisa. «Si ellos, que son unos niños, no tienen miedo, tú tampoco deberías. Seguro que se trata de una broma.» Cersei abrió con sigilo y tomó la mano de su hermano, que se resistía a entrar. «Cersei, no creo que debamos…» «Cállate o estropearás la sorpresa a nuestros invitados», contestó ella con enfado. Elia y Oberyn se miraron con un gesto interrogante y siguieron a los gemelos al interior.
La habitación tenía una cama enorme con dosel y dos armarios con las puertas decoradas con leones dorados. Cortinajes carmesí con flecos de oro mantenían la estancia en penumbra. Oberyn observó que había una cuna debajo del ventanal. También era dorada y sus patas eran como las de un león. Cersei y Jaime se acercaron a ella e invitaron a los Martell a hacer lo mismo. Elia interrogó a Oberyn con los ojos, y él se encogió de hombros. Un gemido salió de la cuna. Llegaron hasta ella y vieron lo que Cersei presentó como El Gnomo de Roca Casterly. Se trataba de un bebé de pocas semanas, rubio como los gemelos, con un ojo de cada color y la cabeza enorme, con la frente abombada. Sus piernas y brazos eran cortos para su tronco, que parecía lo único normal en ese cuerpo deforme. Elia torció la boca en un mohín de asco, mientras que Oberyn miró indignado hacia Cersei, que contemplaba al niño con un gesto que transmitía odio. «Supongo que se trata de vuestro hermano pequeño. ¿Cuál es su nombre?» «Tyrion», dijo atropelladamente Jaime. Cersei le dio un codazo. «Este monstruo no es mi hermano, y no tiene nombre. Es El Gnomo, así se llama.» «Eres un poco cruel con él, ¿no te parece? No tiene la culpa de ser deforme.» El bebé se movió y abrió la boca, emitiendo un quejido parecido al maullido de un gatito. Tenía hambre. «Mató a mi madre. No merece vivir.» «¡Ya basta, Cersei, no digas eso! ¡Oberyn tiene razón!», estalló Jaime. Metió las manos en la cuna y tomó a Tyrion en su brazos, acunándolo con cariño para calmarlo. «Voy a llevárselo a su ama de cría. Quiere comer.» Abandonó la habitación, dejando a Cersei con la palabra en la boca. Oberyn estaba incómodo con la situación. «Bueno, creo que nuestros padres estarán preguntándose dónde estamos. Será mejor que nos vayamos de aquí.» Su hermana asintió y Cersei tuvo que ceder ante sus invitados.
Por el pasillo vieron volver a Jaime. El niño había dejado a Tyrion con la nodriza y regresaba cabizbajo. Se notaba que quería a su hermano, no lo odiaba como Cersei. Cuando estaba a punto de llegar hasta donde estaban los demás, apareció el matrimonio Martell por detrás del niño. Lo adelantaron con prisas y agarraron a sus hijos por el brazo. «¿Pero qué pasa, madre? ¿Qué ha ocurrido?», preguntó Elia. Una voz grave se oyó al fondo. «¡No tendréis mejor oportunidad que ésta! ¡Vuestros hijos no encontrarán candidatos de la categoría de los Lannister!» Era Lord Tywin quien hablaba así. Lord Martell se volvió enfurecido. «¡Aquí se nos ha insultado! ¡Pretender casar a mi hija con un deforme recién nacido! ¿Pero qué clase de propuesta es ésa? ¿Qué descendencia le espera a los Martell con una unión así? ¿Cuántos años habría de esperar Elia para consumar el matrimonio? ¡Es lo más absurdo que he oído en mi vida!» Lady Loreza tomó la palabra. «Si Lady Joanna estuviera viva, esto no hubiera pasado. Ella quería unir nuestras familias, ¡pero no de esta forma, estoy segura!» Al oír el nombre de su esposa, Lord Tywin se puso colorado de ira. Cersei corrió hacia su padre y arrastró con ella a Jaime, que estaba como paralizado ante la escena. «¡No pienso casar a mi hija con vuestro hijo, un envenenador y un mujeriego! ¡Ella está destinada a algo más elevado!», gritó el señor de Roca Casterly. Oberyn, que había permanecido callado hasta ese momento, no pudo reprimir lo que sentía. «¿Casarme con Cersei, esa arpía que se oculta tras un rostro de hada? ¡Antes me meto a maestre y renuncio a las mujeres!» La niña apretó los puños con rabia. «¡Eres un grosero, además de feo! ¡Y tu hermana es tan horrible como una maegi vieja! ¡Jamás se casará! ¡Será una solterona!» No era más que la pataleta de una niña ofendida y Oberyn soltó una carcajada. «Jajaja, no nos hacen daño tus palabras. Ser feo por dentro es peor que serlo por fuera, y tú tienes un alma negra. Siento pena por ese niño al que quieres ver muerto y no me extrañaría que pronto saltara la noticia de que ha fallecido en su cuna.» Aquello empezaba a ir por derroteros peligrosos. «¿Qué estás insinuando, insolente?», dijo Jaime. «Mi hermano está a salvo conmigo, yo lo protejo», añadió. A Oberyn le llamó la atención el hecho de que Lord Tywin no había salido en defensa de Tyrion. Posiblemente lo odiaba tanto como lo hacía Cersei. Jaime parecía ser el único valedor del pequeño. «Sois una familia lamentable, no quiero tener que ver nada con ninguno de vosotros. Madre, padre: vámonos de aquí. No hay nada que hacer en este lugar.» «¡Te juro que pagarás por lo que has dicho, asquerosa víbora!», bramó Cersei. Oberyn frenó en seco, se giró y sacó la lengua imitando a una serpiente. «Sí, algún día nos volveremos a ver, pequeña arpía. Lo estoy deseando.» Y le guiñó un ojo.

6 comentarios:

Kahlan89 dijo...

Ya te lo he dicho ¡ME ENCANTA! Soy fan tuya en serio. Tienes que escribir un libro o algo ^^

Athena dijo...

Uf, gracias. Eso es complicado, jajaja. Pero nunca se puede decir que no ;)

Elora dijo...

Madre mía, menuda disputa se ha formado aquí en un momento, jajajaja. Yo ya veía aquí que se tiraban de los pelos o algo.

Me ha gustado mucho, sobre todo cómo especificabas cada detalle de Roca Casterly. Me quedaba embobada de imaginarlo, así que volveré a leer esto más de una vez para pequeños detalles de mi fic, jajaja.

También me gusta el nombre que le has puesto al padre de Oberyn, así que también me lo apunto para más adelante e_e

Y por supuesto me ha encantado que al final te decidieras a escribirlo. Te ha quedado estupendo, como siempre. Me has dado muchas ideas para un futuro, aunque cambiaré varias "cositas", ...jeje (cómo me gusta crear intriga).

Athena dijo...

Muchas gracias :) Las partes de Roca Casterly no son inventadas, aunque los detalles sí. Después de su apunte he comprobado que cometí un error en los nombres de los padres de Oberyn. He cambiado el del padre y eliminado el apellido de la madre. Muchas gracias por estar tan atenta.

Estoy deseando ver esos cambios y que tanto el fic de Tywin como el de los Targaryen continúen :3

Athena dijo...

Editado también el nombre de la madre :3

Cristina dijo...

Enamorada de Jaime ¿qué más decir?

Muyyyyyy bueno. Ahora, Cersei aunque no haga bien, es pequeña y está asustada y enfadada todo junto. No quiero decir que lo de Tyrion mole, pero hombre, tiene atenuantes.

Cris Fan :DD